La brecha digital de género

En la sociedad actual es de vital importancia para la integración y la comunicación las tecnologías de la información, cuyo mayor exponente es la red mundial de información, internet.

Gracias a las tecnologías de la información se han superado todo tipo de barreras comunicativas y sobre todo también se han podido realizar muchos avances sociales llevando la información a sitios difíciles, proporcionando el teletrabajo, una gestión distinta de la vida en general, la cual prometía ser fuente de igualdad, individualismo, emancipación y progreso además de ser neutras.

Cyberfeminismo, también una forma de activismo (A propósito de una obra de Faith Wilding)

El cyberfeminismo, entendido como una práctica postfeminista en la red, es un complejo territorio tecnológico, y  también político. El mundo tecnológico, en principio, siempre ha sido un dominio tradicionalmente masculino. A partir del dualismo clásico en el que está fundamentado el pensamiento y la construcción social occidental: la idea de mujer esta asociada al instinto, a la naturaleza, y por lo tanto a los mundos privados de vida; mientras que la del hombre a la inteligencia, la cultura, y por lo tanto a lo público.

Resignación. Aprender a callar. Ser las poseedoras de la virtud del silencio, de la discreción, del saber escuchar, comprender y, apoyar. ¿Pero, y nuestras palabras? Lo público no nos ha pertenecido. La lógica de nuestra naturaleza nos obligaba a lo privado, a la tierra, al hogar.

Situar los ciberfeminismos

Durante la década de los ’80, en los Estados Unidos, la segunda ola del movimiento de liberación de las mujeres que  había barrido el país hacia fines de los ’60 y durante los ’70 se fragmentó, se descentró y sufrió el disenso y diversas formas de  backlash cultural y político.  Si bien feminismos más nómades y desterritorializados permitieron que florecieran muchas nuevas voces y tácticas (a menudo respecto de temas locales), resultó más difícil organizar coaliciones y acciones concertadas respecto de asuntos que afectan globalmente a grandes grupos de mujeres.  Actualmente ya no existe un movimiento feminista público, visible y audible en los Estados Unidos (aunque hay muchos focos locales de práctica feminista), pero hay una gran necesidad de una visión y un compromiso renovados en la acción feminista local y global.  Gran parte de esta necesidad surge de los profundos efectos que tienen los medios  digitales sobre múltiples áreas de las comunicaciones, el conocimiento y la experiencia vital.  La comprensión científica de lo que constituye un ser humano, las formas en que somos concebidas y nacemos al mundo, nuestra educación, nuestra socialización, el trabajo, la salud, la enfermedad y la muerte, están mediados por la tecnología digital (como presencia o ausencia).  Este es un momento importante para volver a examinar los temas feministas históricos y su relación con la condición femenina en “el circuito integrado” -un término acuñado por Rachel Grossman para “nombrar la situación de las mujeres en un mundo [tan] íntimamente reestructurado a través de las relaciones de la ciencia y la tecnología”.

E-dentidades: loading – searching – doing (Cartografías del sujeto on line)

E-dentidades: loading – searching – doing es un trabajo de investigación sobre las condiciones de producción de subjetividad en el medio electrónico, un medio convertido en un nuevo espacio político y cognoscitivo del sujeto. E-identidades es también un experimento, una lectura creativa de diversas cartografías del sujeto on-line, una analogía de la deriva ciber, un mapa de navegación fragmentado,  un palimpsesto web.  E-identidades propone una lectura de Internet como nuevo espacio de conocimiento del ser, donde producciones de net.art y empresas marca como Hotmail, Netscape o Google  permiten, mediante acciones loading – searching -doing, crear identidad a través de dinámicas de software y base de datos. Formas de acción similares a las que usarían ambos (net.art e ISP), un mismo contexto (Internet como nuevo agente especulativo de la diversidad del ser) pero diferentes pretensiones: comerciales, estéticas o políticas.

Conectar, hacer, deshacer (los cuerpos)

Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era
una apariencia, que otro estaba soñándolo. J. L. Borges

No son del todo nuestros. Por más que ustedes los cuiden, alimenten, maquillen, implementen, acaricien, besen, pornografíen y todo lo demás, los cuerpos son nuestros pero no del todo nuestros. Y ahí la historia se hace política.
Según una sugerente descripción del ser humano de Judith Butler somos “entregados al otro de entrada”1, de forma incluso anterior a la individuación somos predefinidos por el otro y, como efecto, la “vulnerabilidad social de nuestros cuerpos”. Predefinidos como manera de constatar simbólicamente lo que la sociedad espera de nosotros atendiendo a un cuerpo: un organismo, una imagen, un sexo, una edad, un rostro, un género, un discurso… Algo que sin embargo implica tanto una castración del ser como un “sostén físico social”. Para Levinas no es ya la antelación del otro sino el encuentro con el otro el que instala simultáneamente una responsabilidad del otro en uno mismo (una construcción en el otro), tal que el sujeto es
responsable del otro incluso antes de ser consciente de su propia existencia.

Lo que decimos fue, lo que no quiso ser y lo que esperamos del ciberfeminismo

LO QUE DECIMOS FUE, LO QUE NO QUISO SER Y LO QUE QUEREMOS DEL CIBERFEMINISMO

Remedios Zafra

Todo ejercicio que pretenda una aproximación crítica a un fenómeno plural como el ciberfeminismo corre el riesgo de sucumbir a la simplificación de su idealización histórica. Intentemos, a modo introductorio, neutralizar esa tendencia con cierta dosis de ironía, de arbitrariedad, si quieren -advertida- y, en todo caso, previniendo de una posición en el discurso, de quien, como mujer, habla y se interroga sobre las mujeres en el ciberespacio. Bajo esta premisa tengo la sensación de que en Internet primero tal vez fuimos exiliadas (de nuestros cuerpos y del mundo real). Algunos definen el exilio como “estar triste y estar lejos”, no fue el caso, pues para nosotras el exilio en Internet tuvo un comienzo festivo. Los años noventa y el activismo ciberfeminista dieron cuenta de ello y del mundo utópico que presentíamos en la Red. En el erial virtual quisimos huir de los lastres del patriarcado que advertimos difuminados y menos serios. Al final resultó ser un espejismo y, aunque nuestra ilusión era incombustible, la utopía fue perdiendo energía. Nos vimos entonces obligadas a entrar como inmigrantes porque lo hicimos percibiendo que aquel territorio no era nuestro, que estaba escrito y leído en masculino -eso que llamaban “tecnofobia femenina” y aquello otro del analfabetismo digital particularmente obcecado con nosotras, tenían mucho de mito, pero también de realidad y acentuaron ese sentimiento de extranjería. Para la red trabajamos sobre todo como secretarias y tecleadoras, a veces incluso lo hacíamos desde casa, teníamos tiempo para “tantas cosas” que no nos importaba apretarnos un poco más. Paralelamente también fuimos turistas. Nos prepararon playas con frecuencia de color o contenido rosa, espacios “para mujeres” donde consumir compulsivamente y hablar de moda, amor o de nuestros hijos con mujeres de otros lugares a las que nunca habíamos visto. No formábamos parte de los nuevos sistemas de prestigio on line, para eso estaban ellos (ingenieros soft y hard -ware, jóvenes triunfadores que convirtieron su afición de garaje en negocio millonario, empresarios (punto)com, “old boys”, bloggers del momento y otros líderes de opinión). Nosotras seguíamos allí-aquí, en la Red, pero habitualmente a un solo lado de la máquina y en círculos devaluados, con frecuencia “sólo para mujeres”. En todos esos escenarios nos encontramos con unos puntos suspensivos (…) y un: “Esto no puede ser todo”. Muchas cosas aprendimos en esta deriva, y no es que tuviéramos una revelación colectiva sobre lo que “queríamos ser en el ciberespacio”, pero algo teníamos claro: lo que “no queremos ser” en Internet. Y no crean que es poca cosa.

Habitaciones para mirar

Hay habitaciones más hermosas que las heridas
Hay habitaciones que os parecerán banales
Hay habitaciones de súplicas
Habitaciones de luz baja (…)
Louis Aragon (Todas las habitaciones de mi vida)

Imaginen “un cuarto como miles de cuartos con una ventana que, cruzando los
sombreros de la gente, las camionetas y los automóviles, da a otras ventanas; y encima
de la mesa del cuarto”1 cambiaremos aquí la hoja de papel en blanco sobre la mesa,
(según la escena modelo descrita por Virginia Woolf), por una pantalla en principio
también en blanco, un ordenador conectado a la red y un mensaje, mejor dicho, una
pregunta: “¿qué veo en la pantalla?”. Imaginen la misma pregunta, la misma pantalla, el
mismo cuarto, simulado en un museo.